Sentada en el autobús miraba por la ventana.
Un tráfico caótico, ruidos de bocinas que le impedían escuchar sus pensamientos, calles iluminadas que se intercalaban con callejones oscuros, personas que paseaban, otras que corrían de un lado a otro y otras que esperaban.
Se asomó por la ventana y respiró el aire porteño.
Cerró los ojos mientras el viento le chocaba en la cara.
La gente la miraba y le sonreía.
Pasó al lado del obelisco. Tan majestuoso, tan solemne.
Metió la cabeza de nuevo en el autobús.
Un chico la miraba desde su asiento. Ella agachó la cabeza. Él la seguía mirando y ella lo sabía. Era guapo, muy guapo. Tenía los ojos pequeños pero penetrantes, pelo rizado y piel morena. Le sonrió y sus blancos dientes casi deslumbraron a los pasajeros, o eso le pareció a ella.
Se puso nerviosa.
Pensó en acercarse, en presentarse, en sentarse a su lado, en saltarse su parada y perderse con él por la ciudad, en conocerlo y dejarse conocer, en arriesgarse.
Pero ella se marchaba.
Miró de nuevo por la ventana. Se le empañaron los ojos. Se iba. Le quedaba apenas un mes para cruzar de nuevo el mar hasta llegar a su hogar.
Su hogar.
Miró la Avenida 9 de Julio. Vio pasar el autobús que la llevaba cada día a su facultad. Pasó por delante del supermercado donde compraba cada lunes, por su lavandería, por su restaurante favorito, por la tienda de complementos donde, cada fin de semana, se permitía un capricho...
Quizás Buenos Aires ya era su nuevo hogar.
Llegó a su parada y el autobús paró. Se bajó y se dio la vuelta.
El chico la miraba por la ventana colocando una mano en el cristal.
Ella le sonrió.
"Quizás en otra vida"; pensó
Se giró y empezó a andar.

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